Su hogar se hallaba vacío. Sus hermanos habían partido y su padre pasaba
la mayoría del tiempo solo, y si acaso se dejaba ver era para mostrar una
mirada melancólica llena de dolor y tristeza.
Ya aborrecía eso, sentía
que era prisionero de su padre y de ese
lugar. Sus hermanos eran libres y felices, y sobre todo no tenían que tolerar la
depresión de su padre. Era obvio a él le habían dejado los trabajos mas duros
mientras sus hermanos, a los que su padre amaba estaban libre descifrando el resto
del mundo.
No lo toleraría, no sería más el hijo ignorado. En mitad de
uno de sus comunes ataques de rabia se presento ante su padre sin llamar a la
puerta y sembrando una daga en su pecho
le dijo que se iba.
Su padre no salió a despedirle. No le dio su bendición. No lo
maldijo, ni siquiera le dirigió la mirada; sólo palmoteaba la cabeza del único de
sus hijos que aun deseaba acompañarle.
Es interesante ver cómo muchos enloquecen con el mero desprecio, con el desconocimiento del pensar del otro. Historia qué nos pasa a todos.
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