El olor invadió el pequeño cuarto de Gerardo, era peste caliente y tan ácida que le picaba los ojos y le revolvía el estomago. El viejo enterrador se levantó de su cama y dirigió su mirada hacia el antiguo cementerio oculto entre la densa neblina de la noche fría. El hombre tomo su pala y se aventuro a la intemperie: toda la semana había escuchado pasos que recorrían el cementerio, golpeando las lapidas y haciendo caer las macetas donde reposaban las flores traídas a los difuntos.
Gerardo pensaba que eran jóvenes probando su valor a un grupo de amigos, pero conforme pasaban las semanas la idea evoluciono a algo mas siniestro, tal vez cultos oscuros, pervertidos enfermos que encontraban placer en los cadáveres. Esta idea quedo casi confirmada cuando, al acercarse a una tumba fresca la encontró abierta con el ataúd deshecho y la tierra revuelta.
Miro a su alrededor y escucho en silencio: Cargar con cadáver no era fácil, pero aún así, el lugar permanecía silencioso, impenetrable como detenido en el tiempo. Gerardo regreso a su vieja casucha pensando que sí ya se habían robado el cuerpo, podía esperar hasta mañana para hacer el denuncio.
La casa aun estaba llena de la peste, pero seguía siendo mejor que pasar la noche afuera, cuando Gerardo cerraba la puerta recordó que el ataúd estaba abierto como si lo empujaran desde su interior y que la tierra a su alrededor se esparcía en dirección a su casa. Un escalofrío intenso recorrió su cuerpo cuando se percató que la peste provenía de debajo de su cama.
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