El cuerpo descansaba en la mesa
del forense, frio y vacío. El encargado tomo la sierra y con habilidad dibujo
una línea que parecía una corona alrededor de la cabeza del cadáver, separando
el techo de sus ideas del resto de la cabeza. Tomó el cerebro entre sus manos,
aquella masa sólida que cabía en sus manos contenía todo lo que alguna vez fue
o sería el hombre de la mesa. Pocas cosas separaban a este cerebro del que estaba
aún al interior del cráneo del patólogo.
Se acercó a un lavadero cercano y
con movimiento firme y delicado empezó a desmenuzar la masa encefálica, de entre
sus dedos y empezó a brotar una sustancia pegajosa y laxa. “Causa de muerte: Viscosidad
mental” pensó el encargado mientras decía para sí: el cerebro de un genio se va
por el drenaje.
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