domingo, 18 de mayo de 2014

Día 107: Ciego.


Antes que todo, debo admitir que este texto no es completamente idea mía, son los rezagos de un libro sin portada que leí hace mas de diez años y cuyo final no puedo recordar, si alguien sabe que libro es o que autor es el original, por favor díganmelo saber.
Todos los hombres de mi familia han nacido con una peculiaridad, producto de la genética que se espolvorea con destino: somos ciego de nacimiento. Todos desde hace mas de 15 generaciones, este suceso seguido y puntual nos ha permitido desarrollar nuestros sentidos a niveles casi sobre humanos. Pero no es mi plan tropezar entre los edificios en medio de la noche buscando ancianas desvalidas; me dedico a lo único que me trae placer: la fotografía.
Evidentemente yo no las tomo, sólo las revelo; puedo guiarme con facilidad en el cuarto oscuro, los olores de los acidos y el sonido del papel que se seca es suficiente para mi. Recuerdan que les dije de nuestros poderes sobre humanos, bueno, 15 generaciones de invidencia me han otorgado un tacto único; con sólo rozar una hoja de papel puedo sentir como se curva, como se abren sus poros según cada color, cada material, cada tinta o grafito; así es, yo puedo “ver el dibujo con mi manos”.

El martes pasado, Gonzalo vino corriendo a mi tienda, esa que queda en la esquina del parque:
-Fernando, tienes que ver esto –Dijo casi gritando mientras me pasaba una fotografía.
La acaricie con la punta de mis dedos, por como se sentía era la fotografía de un persona, sentada en un sofá, el cambio de grosor y textura a lo largo de la imagen me llevaron a pensar en una mujer delgada recostada de lado. Utilice mis pulgares, mis dedos mas sensibles, para detallarlo todo: efectivamente era una mujer de pronunciadas caderas, al acariciarla pude notar que estaba desnuda, entonces lleve mi pulgar hacia el rostro de la fotografía y tras unos segundos se la arrojé a la cara a Gonzalo.
-¡¿Para que mierdas me traes una foto de mi hermana desnuda?!

La risa de Gonzalo invadia el local, cuando un ruido vago y sordo hizo su aparición al otro lado de la cuadra, y con un gesto de la mano hice que mi amigo guardara silenció: esos pasos firmes, que indicaban un ritmo “tacón-punta” preciso y casi militar que se movían al compas de unas caderas firmes sólo podían pertenecer a una persona: Laura había vuelto a la ciudad.

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