Antes que todo, debo admitir que este texto no es
completamente idea mía, son los rezagos de un libro sin portada que leí hace
mas de diez años y cuyo final no puedo recordar, si alguien sabe que libro es o
que autor es el original, por favor díganmelo saber.
Todos los hombres de mi familia han nacido con una
peculiaridad, producto de la genética que se espolvorea con destino: somos
ciego de nacimiento. Todos desde hace mas de 15 generaciones, este suceso
seguido y puntual nos ha permitido desarrollar nuestros sentidos a niveles casi
sobre humanos. Pero no es mi plan tropezar entre los edificios en medio de la
noche buscando ancianas desvalidas; me dedico a lo único que me trae placer: la
fotografía.
Evidentemente yo no las tomo, sólo las revelo; puedo guiarme
con facilidad en el cuarto oscuro, los olores de los acidos y el sonido del
papel que se seca es suficiente para mi. Recuerdan que les dije de nuestros
poderes sobre humanos, bueno, 15 generaciones de invidencia me han otorgado un
tacto único; con sólo rozar una hoja de papel puedo sentir como se curva, como
se abren sus poros según cada color, cada material, cada tinta o grafito; así
es, yo puedo “ver el dibujo con mi manos”.
El martes pasado, Gonzalo vino corriendo a mi tienda, esa que
queda en la esquina del parque:
-Fernando, tienes que ver esto –Dijo casi gritando mientras
me pasaba una fotografía.
La acaricie con la punta de mis dedos, por como se sentía era
la fotografía de un persona, sentada en un sofá, el cambio de grosor y textura
a lo largo de la imagen me llevaron a pensar en una mujer delgada recostada de
lado. Utilice mis pulgares, mis dedos mas sensibles, para detallarlo todo:
efectivamente era una mujer de pronunciadas caderas, al acariciarla pude notar
que estaba desnuda, entonces lleve mi pulgar hacia el rostro de la fotografía y
tras unos segundos se la arrojé a la cara a Gonzalo.
-¡¿Para que mierdas me traes una foto de mi hermana desnuda?!
La risa de Gonzalo invadia el local, cuando un ruido vago y
sordo hizo su aparición al otro lado de la cuadra, y con un gesto de la mano
hice que mi amigo guardara silenció: esos pasos firmes, que indicaban un ritmo “tacón-punta”
preciso y casi militar que se movían al compas de unas caderas firmes sólo
podían pertenecer a una persona: Laura había vuelto a la ciudad.
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