martes, 12 de agosto de 2014

Día 191: Odio.


El pueblo no era más que una grana piscina de barro, donde la hierba y las rocas no tenían lugar, la lluvia continuaba cayendo con furia, creando una barrera solida, casi impenetrable que danzaba al compás de un iracundo ventarrón.
Jairo se arrastraba a cuatro patas por el fango y la oscuridad mientras la herida a su costado sangraba, haciendo que el precioso líquido se derramara hasta perderse en la tierra vino tinto. Una expresión de pánico perpetuo se dibujaba en su rostro mientras la figura de su auto se mostraba impávida en medio de la tormenta.
Una figura barbada se aproxima por la espalda, con el barro subiendo hasta las rodillas en cada paso, el hombre mecía su hacha como un péndulo que lo impulsaba hacia adelante. El aliento de extraño se veía brevemente antes de desaparecer bajo la tormenta que lavaba el arma, el hombre levantó la cabeza del hacha y la descargó contra la espalda de Jairo, esparciendo el sonido viscoso de la sangre que abandona un cuerpo.
El arma continúo subiendo y bajando por al menos treinta veces, reduciendo la humanidad de Jairo a una pulpa indiferenciable del fango que lo rodeaba: huesos, cartílagos, ropa, sueños y esperanzas fueron lavados, ocultos y enterrados por la tormenta que duró dos días mas.
A las autoridades les tomo al menos una semana darse cuenta la desaparición del revisor fiscal enviado al pueblo fronterizo para cobrar los impuestos atrasados. Dos comisionados fueron enviados, pero sólo recibían negativas y portazos en la cara al identificarse. Para el final de la tarde, un grupo de hombres armados con pistolas, azadones, hachas y palos; se habían reunido para pedirles que se marcharan o enfrentaran las consecuencias.
-Ven Julio, dijo el veterano mientras tiraba del brazo de su aprendiz camino al auto.
-P-pero ¿y Jairo? –Pregunto el joven angustiado.

-Vámonos, a Jairo ya no lo pueden encontrar aquí. –El viaje de regreso fue muy callado, Julio tenía la cabeza llena de dudas, y el anciano lo sabía, por eso, casi al llegar a la central de nuevo el anciano volvió a hablar –Cuídate mucho en lugares como los que acabamos de visitar: el odio vive en un pueblo pequeño. 

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