El
público aplaudía de pie y arrojaba prendas de vestir intimas hacia el
escenario, vitoreaban su nombre y le gritaban propuestas indecorosas desde la
multitud. De apoco la atmósfera se fue calmando, recogieron los instrumentos,
apagaron las luces y empezaron el desarme de la tarima. Entre todos, había un
hombre pálido y delgado que se movía con sigilo, la cabeza gacha y el ceño
fruncido. Algunos encargados se voltearon para verle, pero rápidamente perdían el
interés como si fuera invisible; sólo un obrero mas.
El
hombre salió por la puerta trasera que daba a un sucio callejón lleno de vagabundos
que lo observaban sobre el hombro antes de regresar a envolver sus cigarros
caseros o a dormir sobre trozos de cartón. Un perro le ladró desde algún rincón
oscuro, pero pronto se aburrió y se acurrucó junto a su amo sobre una pila de periódicos.
El
hombre cargó con el peso de su propia soledad y anonimato, como una sombra que
se desliza por la noche y se desvanece ante la luz; bajo aun mas la cabeza,
intentando esconderla en el abrigo mientras gruesas lagrimas rodaban por sus
mejillas. Cuando hizo su pacto con el oscuro, le habían dicho “Serás la
estrella más luminosa mientras estés sobre el escenario, pero cuando bajes
nadie podrá verte entre las sombras”.
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