La finca estaba
muy alejada, “casi al borde del planeta” pensó para si Mariana, no le veía
gracia pasar la semana con sus abuelos, pero hacía tantos años que nos los
veía; y ellos eran siempre tan amables que cuando invitaron a todos los nietos
a pasar una semana en familia, le pareció descortés no aceptar la invitación.
La abuela hacía
chocolate caliente al interior de la cocina cálida, mientras los jóvenes se sentaron
en el pórtico a escuchar las historias del abuelo, quien les narro de un vecino
capaz de levantar un caballo con una sola mano, una dama que hacía crecer los
frutos mas jugosos de la región al regar el árbol con leche materna, un perro
que vivió mas de treinta años hasta que eventualmente se perdió en el monte.
Las historias, contadas por el anciano que aun tenía destellos de juventud en
su rostro, atraparon a los jóvenes que recreaban en su vivida imaginación las
escenas del caballo agitándose sobre la mano del hombre, la mujer exprimiendo
sus senos junto al árbol y un perro corriendo por entre las enredaderas densas.
El abuelo dio una inspiración profunda a su pipa y empezó otra historia:
“Cuando tenía
seis años, mi hermano mayor Rodrigo, de nueve años y yo fuimos a la hacienda
vecina a cambiar unos huevos por algunos granos, salimos cerca del medio día y
nos dirigimos animados escuchando el canto de las aves, jugando a verlas y a
imitar sus sonidos. Hicimos el cambio con nuestro vecino cerca de las tres
tarde y regresamos riendo y cantando las canciones que nos enseño nuestro
abuelo. Cuando estábamos a medio camino, un hombre bajito con sobrero ancho nos
alcanzó en un caballo blanco que tenía trenzada la crin; el hombre fumaba un
habano que olía muy fuerte, su cabello era claro y sus ojos tenían un extraño
color miel, nos pregunto que hacíamos y mi hermano le mostró el pequeño saco
lleno de granos. <No deberían andar solos muchachos, hay muchas cosas
extrañas en estos montes, cosas que se roban a los niños> Nos dijo, recuerdo
que yo me asuste mucho, pero mi hermano se enojo. <No nos da miedo, aun es
de día> Dijo mi hermano en tono retador, al principio creí que el tipo se
iba a enojar pero se empezó a reír. Su risa era melódica y aguda.”
“El hombre nos
converso otro rato mientras avanzábamos, mi hermano hablo con él, pero yo le
tenía miedo, no se porque. Nos acompañó hasta el limite sur de la finca y luego
se despidió con un <Hasta luego muchachos> y se devolvió por donde habíamos
venido. Esa noche, no pude dormir, así que me pase a la cama de mi abuela y
deje a Rodrigo solo en la pieza. Al otro día, todas las crines de los caballos
estaban trenzadas, mi papá dijo que había venido un duende y mi mamá salió
asustada de la casa: no encontraban a Rodrigo por ninguna parte. Los buscamos
en las fincas cercanas, nos ayudaron los vecinos e incluso subió gente del pueblo,
pero no lo encontramos. Yo le dije a mi papá lo del hombre del sombrero ancho,
mi abuelo dijo que ese había sido el duende, pero la policía dijo que eran
pederasta venido de la ciudad y que se había llevado a mi hermano cuando yo dormía
con la abuela” El abuelo suspiro con un
gesto melancólico y una oleada de humo salió por su nariz “A Rodrigo no lo
vimos nunca mas y al hombre del sombrero tampoco, aunque nunca pudimos
deshacerles las trenzas a los caballos”
Esa noche,
Mariana durmió inquieta, soñaba con el hombre de ojos claros rondando fuera de
la casa y el cuerpo de un niño que se hundía en una laguna. Sintió como le
acariciaban el cabello, quizás el abuelo se sentía mal por haberla asustado con
esa historia; pero fue después de esto que pudo dormir mejor. Al llegar la
mañana su abuela la despertó con un grito de terror: Alguien le había trenzado
el cabello.
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