domingo, 21 de septiembre de 2014

Día 231: Duende.


La finca estaba muy alejada, “casi al borde del planeta” pensó para si Mariana, no le veía gracia pasar la semana con sus abuelos, pero hacía tantos años que nos los veía; y ellos eran siempre tan amables que cuando invitaron a todos los nietos a pasar una semana en familia, le pareció descortés no aceptar la invitación.
La abuela hacía chocolate caliente al interior de la cocina cálida, mientras los jóvenes se sentaron en el pórtico a escuchar las historias del abuelo, quien les narro de un vecino capaz de levantar un caballo con una sola mano, una dama que hacía crecer los frutos mas jugosos de la región al regar el árbol con leche materna, un perro que vivió mas de treinta años hasta que eventualmente se perdió en el monte. Las historias, contadas por el anciano que aun tenía destellos de juventud en su rostro, atraparon a los jóvenes que recreaban en su vivida imaginación las escenas del caballo agitándose sobre la mano del hombre, la mujer exprimiendo sus senos junto al árbol y un perro corriendo por entre las enredaderas densas. El abuelo dio una inspiración profunda a su pipa y empezó otra historia:
“Cuando tenía seis años, mi hermano mayor Rodrigo, de nueve años y yo fuimos a la hacienda vecina a cambiar unos huevos por algunos granos, salimos cerca del medio día y nos dirigimos animados escuchando el canto de las aves, jugando a verlas y a imitar sus sonidos. Hicimos el cambio con nuestro vecino cerca de las tres tarde y regresamos riendo y cantando las canciones que nos enseño nuestro abuelo. Cuando estábamos a medio camino, un hombre bajito con sobrero ancho nos alcanzó en un caballo blanco que tenía trenzada la crin; el hombre fumaba un habano que olía muy fuerte, su cabello era claro y sus ojos tenían un extraño color miel, nos pregunto que hacíamos y mi hermano le mostró el pequeño saco lleno de granos. <No deberían andar solos muchachos, hay muchas cosas extrañas en estos montes, cosas que se roban a los niños> Nos dijo, recuerdo que yo me asuste mucho, pero mi hermano se enojo. <No nos da miedo, aun es de día> Dijo mi hermano en tono retador, al principio creí que el tipo se iba a enojar pero se empezó a reír. Su risa era melódica y aguda.”
“El hombre nos converso otro rato mientras avanzábamos, mi hermano hablo con él, pero yo le tenía miedo, no se porque. Nos acompañó hasta el limite sur de la finca y luego se despidió con un <Hasta luego muchachos> y se devolvió por donde habíamos venido. Esa noche, no pude dormir, así que me pase a la cama de mi abuela y deje a Rodrigo solo en la pieza. Al otro día, todas las crines de los caballos estaban trenzadas, mi papá dijo que había venido un duende y mi mamá salió asustada de la casa: no encontraban a Rodrigo por ninguna parte. Los buscamos en las fincas cercanas, nos ayudaron los vecinos e incluso subió gente del pueblo, pero no lo encontramos. Yo le dije a mi papá lo del hombre del sombrero ancho, mi abuelo dijo que ese había sido el duende, pero la policía dijo que eran pederasta venido de la ciudad y que se había llevado a mi hermano cuando yo dormía con la abuela”  El abuelo suspiro con un gesto melancólico y una oleada de humo salió por su nariz “A Rodrigo no lo vimos nunca mas y al hombre del sombrero tampoco, aunque nunca pudimos deshacerles las trenzas a los caballos”

Esa noche, Mariana durmió inquieta, soñaba con el hombre de ojos claros rondando fuera de la casa y el cuerpo de un niño que se hundía en una laguna. Sintió como le acariciaban el cabello, quizás el abuelo se sentía mal por haberla asustado con esa historia; pero fue después de esto que pudo dormir mejor. Al llegar la mañana su abuela la despertó con un grito de terror: Alguien le había trenzado el cabello. 

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