La cabaña estaba desolada desde hace mucho, capas y capas de polvo se
habían acumulado sobre los pisos y los pocos muebles que permanecían a pesar de
las tempestades y el sol calcinante. El equipo de embargo había llegado con los
primeros rayos de sol esa mañana, iba asacar todo lo de valor que pudiera
hallarse oculto y a destrozar todo lo demás por orden expresa del nuevo dueño del terreno.
Alexander entro de primero, era menudo con el cabello hasta los hombros
y un tatuaje en la muñeca, Fabio le seguía de cerca, era un tipo alto, algo
obeso con una ligera calvicie que empezaba a prolongar su frente. Ambos
recorrieron el lugar pateando restos de muebles de madera y trapos olvidados
por el antiguo duelo de la casa.
-Sabes, cuando yo era niño vivía cerca de aquí, venia a pedir dulces en
la noche de brujas. Aquí vivía un anciano y su hijo enfermo, nunca lo dejaba
salir a jugar con nosotros –Comentó Alexander mientras subía por las viejas
escaleras chirriantes.
-Fantástico, avisaré a los medios –Se burló Fabio mientras forzaba una
vieja puerta atorada –Ya cállate y ven a ayudarme.
Pero Alexander se había perdido en el segundo piso “Grandioso” pensó
Fabio con sarcasmo, cansado de todo rompió
la vieja puerta de una patada, para encontrar una vieja alacena llena de
frascos rotos y vacíos desparramados por el suelo.
Alexander escuchaba las maldiciones de su compañero en el piso inferior,
pero el seguía por el largo pasillo, sabía exactamente que buscar. Empujo la
puerta de la última habitación y allí, en la pared del fondo, cubierto con una
sabana gris estaba el viejo cuadro. Alexander lo destapó, exponiéndolo a la luz
del sol después de más 10 años. Era el retrato de un hombre, o algo muy
parecido, era un ser de piel gris y ojos negros como el vacío, con una enorme
boca que tocaba los bordes internos del
marco, con el cuello exageradamente largo y sin orejas: sin duda era el retrato
de un demonio.
-Llevas mucho tiempo oculto viejo amigo
-Le dijo Alexander al cuadro –Debes estar hambriento. Sobre todo después
de comerte al chico y a su padre, pero o temas, te traje un bocadillo especial
antes de partir.
El habitante del cuadro cambio hasta ser el retrato de una joven
muchacha de labios carnosos, piel de melocotón y ojos azules como el cielo que
brillaban hacia el infinito.
-¡Oye Fabio! –grito Alexander con una sonrisa macabra en su rostro –Ven,
sube, no creerás lo que me acabo de encontrar.
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