No había una posición cómoda, cada arruga, cada imperfección, cada
costura, cada átomo de la cama le hacia doler la espalda. Si se arropaba le
subía calor por entre los muslos, pero sí se descobijaba sentía un frio en la
espalda baja y en las rodillas. Miró el reloj 2:15 am, “será una noche muy
larga” pensó para sí.
Se sentó al borde de la cama mientras un dolor muscular le corría los
hombros, se frotó la cara con desespero, es la quinta noche que no puede
conciliar el sueño. Una punzada de angustia bajo por su pecho como una lanza
fría que lo atravesaba justo por sobre el lóbulo del pulmón. Una sudoración
fría le bañaba el cuerpo, tenía las manos pesadas, como atadas a bloques de
concreto y las rodillas temblorosas.
No era justo; se levantó a dar vueltas en la casa, el pasillo estaba
oscuro y fresco, una sombra parecía estar sentada en el comedor, pero
desapareció al escuchar sus pasos. Era como si la casa estuviera inundada por
espectros tan insomnes como él, que vagan entre la oscuridad, esperando la luz
del día para tratar de dormir.
Se detuvo ante la puerta de su hijo pequeño que dormía tranquilamente,
con una respiración rítmica y profunda, apretando y soltando sus puños producto
de un dueño, quizá de una aventura en el amazonas.
El dolor desgarrador lo invadió, no era justo. Se sentó de espaldas a la
pared y lloró como un niño pequeño, con gruesas lagrimas deslizándose por sus
mejillas, no era justo, pronto empezaría a disfrutar de su pensión, a dedicarse arreglar el viejo auto de padre y a ir a
nadar en la piscina local.
Pero lo que mas le dolía, era que pronto tendría que explicarle a su
hijo lo que era el insomnio familiar fatal.
Y allí se quedo, llorando en medio de la noche, rodeado de espectros
borrosos e invisibles, únicos testigos de su dolor y su agonía: todos aquellos
que habían sufrido de insomnio familiar fatal en su árbol genealógico.
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