sábado, 5 de julio de 2014

Día 155: Insomnio.


No había una posición cómoda, cada arruga, cada imperfección, cada costura, cada átomo de la cama le hacia doler la espalda. Si se arropaba le subía calor por entre los muslos, pero sí se descobijaba sentía un frio en la espalda baja y en las rodillas. Miró el reloj 2:15 am, “será una noche muy larga” pensó para sí.

Se sentó al borde de la cama mientras un dolor muscular le corría los hombros, se frotó la cara con desespero, es la quinta noche que no puede conciliar el sueño. Una punzada de angustia bajo por su pecho como una lanza fría que lo atravesaba justo por sobre el lóbulo del pulmón. Una sudoración fría le bañaba el cuerpo, tenía las manos pesadas, como atadas a bloques de concreto y las rodillas temblorosas.
No era justo; se levantó a dar vueltas en la casa, el pasillo estaba oscuro y fresco, una sombra parecía estar sentada en el comedor, pero desapareció al escuchar sus pasos. Era como si la casa estuviera inundada por espectros tan insomnes como él, que vagan entre la oscuridad, esperando la luz del día para tratar de dormir.

Se detuvo ante la puerta de su hijo pequeño que dormía tranquilamente, con una respiración rítmica y profunda, apretando y soltando sus puños producto de un dueño, quizá de una aventura en el amazonas.

El dolor desgarrador lo invadió, no era justo. Se sentó de espaldas a la pared y lloró como un niño pequeño, con gruesas lagrimas deslizándose por sus mejillas, no era justo, pronto empezaría a disfrutar de su pensión, a dedicarse  arreglar el viejo auto de padre y a ir a nadar en la piscina local.

Pero lo que mas le dolía, era que pronto tendría que explicarle a su hijo lo que era el insomnio familiar fatal.


Y allí se quedo, llorando en medio de la noche, rodeado de espectros borrosos e invisibles, únicos testigos de su dolor y su agonía: todos aquellos que habían sufrido de insomnio familiar fatal en su árbol genealógico. 

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