Las sucias callecillas de la ciudad estaban llenas de barro y agua tras
la tormenta de la noche anterior. Los mercaderes se atiborraban en los andenes,
en sus pequeños toldos llenos de objetos traídos de lugares exóticos y
distantes, de duda calidad. Los hombres y las mujeres llenaban el ambiente con
un bullicio que invitaba a los caminantes a cercarse y observar la mercancía.
Había puestos oscuros que emanaban olores penetrantes y frescos, como si
una brisa perfumada saliera de estos. Así mismo, había meras telas
desparramadas por el piso húmedo con numerosos objetos expuestos sobre ellas,
desde cuchillos con mangos tallados a mano hasta comidas exóticas, cuya
apariencia y aroma hacían difícil saber si eran exquisitas o estaban cerca a la
descomposición.
Un joven menudo y ágil saltaba entre los puestos y los agujeros de la
calle, estaba descalzo, cubierto únicamente por una túnica larga y sucia,
ocultaba su rostro y sus manos. La gente miraba en la dirección a la que corría
llamándole la atención y rápidamente haciendo un recuento de su mercancía. Por
su vestimenta y su modo de andar era obvio que era un ladrón.
Un par de hombres uniformados trataban de seguirle el paso, arrasando
puestos y mantas bajo su carrera desesperada. El muchacho giraba su rostro de
manera ocasional para asegurarse que no le siguieran, o al menos que no se
acercaran mucho, hizo un giro cerrado en una esquina esperando perderlos, pero
una sombra salió de la nada justo frente a él, propinándole un fuerte golpe en
el pecho que lo dejó sin aliento.
El muchacho cayó de rodillas mientras un delgado hilo de sangre le salía
por boca, el aire no podía vencer la resistencia del pecho comprimido. Quien lo
había golpeado era otro guarda que lo esperaba entre las sobras. Lo tomó por el
brazo y lo arrastro de vuelta a la calle principal, entonces todos pudieron ver
al ladrón: con la piel cobriza, los labios delgados, las cejas finas, la nariz
respingada, los ojos verdes y el cabello largo hasta los hombros. A medida que
el chico pasaba arrastrado entre los puestos, un silencio se hacia mientras
admiraba su menuda figura.
-¡¿Y bien?! –Grito el guarda que lo tenía sujetado -¡Dame lo que tienes!
El joven extrajo del manto un pedazo viejo de pan duro y se lo dio al
guarda.
-¡No seas estúpido! –Dijo otro guarda mientras lo abofeteaba –Hablo del
dinero.
-No robe dinero –Se apresuró a decir el muchacho –Sólo comida.
Los guardas se rieron ante esto y quitándole el trozo del pan lo
aventaron a un charco de lodo y suciedad cercana, los soltaron, propinándole primero
una patada en el estomago y dejándole en el suelo. Un extranjero que veía todo
le hizo una señal al muchacho y cuando este se acercó, le susurro al oído: “Ven
conmigo y te daré todo el pan que quieras.” Las intenciones del hombre era muy
claras, sus ojos vacíos y vidriosos, su piel de aspecto sucio, sus manos
inquietas y la erección de su pantalón. El joven lo siguió por las viejas y húmedas
calles de la ciudad.
Después de que el hombre terminara con él, se vistió en la pequeña y
calurosa habitación de hotel, mientras le muchacho se vistió dándole la
espalda, muy serio. El hombre dejó unas monedas sobre la cama y se dispuso a
salir cuando un hecho que le llamo la atención
salió a la superficie:
-Tú ya lo habías hecho antes ¿Cierto? –Dijo extrañado –Digo, con otro hombre.
-Con hombres, con mujeres no importa realmente –Contesto el muchacho mientras se acomodaba la túnica y recogía
las monedas.
-Entonces ¿porque robas? Esto es más fácil y seguro que enfrentarse a
los guardas. –pregunto el hombre intrigado.
-Yo no robo dinero, sólo comida –Dijo el joven con una mirada melancólica
y rota. Allí, antes los ojos del extranjero, semioculto por la oscuridad
confidente del hotel y alejado del bullicio exterior; justo allí, el hombre se
dio cuenta del acto tan horrible y despiadado que acababa de cometer: nunca
antes había visto a alguien tan vulnerable e indefenso –Esto sólo lo hago para
sentirme amado.
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