viernes, 4 de julio de 2014

Día 154: Ladrón.


Las sucias callecillas de la ciudad estaban llenas de barro y agua tras la tormenta de la noche anterior. Los mercaderes se atiborraban en los andenes, en sus pequeños toldos llenos de objetos traídos de lugares exóticos y distantes, de duda calidad. Los hombres y las mujeres llenaban el ambiente con un bullicio que invitaba a los caminantes a cercarse y observar la mercancía.

Había puestos oscuros que emanaban olores penetrantes y frescos, como si una brisa perfumada saliera de estos. Así mismo, había meras telas desparramadas por el piso húmedo con numerosos objetos expuestos sobre ellas, desde cuchillos con mangos tallados a mano hasta comidas exóticas, cuya apariencia y aroma hacían difícil saber si eran exquisitas o estaban cerca a la descomposición.

Un joven menudo y ágil saltaba entre los puestos y los agujeros de la calle, estaba descalzo, cubierto únicamente por una túnica larga y sucia, ocultaba su rostro y sus manos. La gente miraba en la dirección a la que corría llamándole la atención y rápidamente haciendo un recuento de su mercancía. Por su vestimenta y su modo de andar era obvio que era un ladrón.

Un par de hombres uniformados trataban de seguirle el paso, arrasando puestos y mantas bajo su carrera desesperada. El muchacho giraba su rostro de manera ocasional para asegurarse que no le siguieran, o al menos que no se acercaran mucho, hizo un giro cerrado en una esquina esperando perderlos, pero una sombra salió de la nada justo frente a él, propinándole un fuerte golpe en el pecho que lo dejó sin aliento.

El muchacho cayó de rodillas mientras un delgado hilo de sangre le salía por boca, el aire no podía vencer la resistencia del pecho comprimido. Quien lo había golpeado era otro guarda que lo esperaba entre las sobras. Lo tomó por el brazo y lo arrastro de vuelta a la calle principal, entonces todos pudieron ver al ladrón: con la piel cobriza, los labios delgados, las cejas finas, la nariz respingada, los ojos verdes y el cabello largo hasta los hombros. A medida que el chico pasaba arrastrado entre los puestos, un silencio se hacia mientras admiraba su menuda figura.
-¡¿Y bien?! –Grito el guarda que lo tenía sujetado -¡Dame lo que tienes!
El joven extrajo del manto un pedazo viejo de pan duro y se lo dio al guarda.
-¡No seas estúpido! –Dijo otro guarda mientras lo abofeteaba –Hablo del dinero.
-No robe dinero –Se apresuró a decir el muchacho –Sólo comida.
Los guardas se rieron ante esto y quitándole el trozo del pan lo aventaron a un charco de lodo y suciedad cercana, los soltaron, propinándole primero una patada en el estomago y dejándole en el suelo. Un extranjero que veía todo le hizo una señal al muchacho y cuando este se acercó, le susurro al oído: “Ven conmigo y te daré todo el pan que quieras.” Las intenciones del hombre era muy claras, sus ojos vacíos y vidriosos, su piel de aspecto sucio, sus manos inquietas y la erección de su pantalón. El joven lo siguió por las viejas y húmedas calles de la ciudad.

Después de que el hombre terminara con él, se vistió en la pequeña y calurosa habitación de hotel, mientras le muchacho se vistió dándole la espalda, muy serio. El hombre dejó unas monedas sobre la cama y se dispuso a salir cuando un hecho que  le llamo la atención salió a la superficie:
-Tú ya lo habías hecho antes ¿Cierto?  –Dijo extrañado –Digo, con otro hombre.
-Con hombres, con mujeres no importa realmente –Contesto el  muchacho mientras se acomodaba la túnica y recogía las monedas.
-Entonces ¿porque robas? Esto es más fácil y seguro que enfrentarse a los guardas. –pregunto el hombre intrigado.

-Yo no robo dinero, sólo comida –Dijo el joven con una mirada melancólica y rota. Allí, antes los ojos del extranjero, semioculto por la oscuridad confidente del hotel y alejado del bullicio exterior; justo allí, el hombre se dio cuenta del acto tan horrible y despiadado que acababa de cometer: nunca antes había visto a alguien tan vulnerable e indefenso –Esto sólo lo hago para sentirme amado. 

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