Había una vez, bueno en realidad ha habido muchas veces, pero sólo nos
interesa una. En villa cuya ubicación y nombre no son necesarios puesto que
ninguno de ustedes la visitará jamás; había un vendedor de flautas. Los
elementos musicales estaban tallados en delicados huesos de tigres, osos,
lobos, leones y hienas; con adornos de oro y plata y delicado estuche de crin de
caballo imperial.
Las flautas eran reconocidas por su bella apariencia e inigualable olor,
sin embargo, los materiales de los cuales se habían hecho y la elaborada técnica
de mano factura, las hacían imposible de tocar, destinadas para siempre a ser
objetos decorativos sumamente costos.
En una ocasión, muy de mañana un joven flautista –o al menos eso decía ser
–entró a la tienda en busca de mercancía nueva, ya que había un pueblo lejano
acosado por un ejército de ratas. “Hamelín” o algo así había dicho el muchacho;
siendo la única venta en meses el vendedor de flauta hizo halagos a una pieza
extraordinariamente especial (o al menos eso le dijo al joven) que al ser
tocada por un verdadero artista podría hacer que masas de seres vivientes los
siguiera a su capricho y voluntad.
El muchacho entusiasmado y proyectándose a las grandes glorias y
ganancias que tendría empeño cuanto tenía y endeudándose esta y otras tres
vidas logro hacerse a la dichosa flauta y encaminarse al pueblo mencionado.
Tras contar y recontar el dinero el vendedor fue atacado por una idea de culpa:
aquel joven lo había dado todo por un sueño, mientras él lo había quitado todo
por otro sueño.
“Lo menos que puedo hacer” pensaba para sí el vendedor “es decirle que
la flauta tiene un defecto que no lo deja actuar en cosas de menos de 75 kilos,
le regresaré parte de su dinero y le daré la opción de conservar la flauta si
quiere” El hombre cerro la tienda y puso en inmaculada y chueca manuscrita “Regreso
en tres días, si pasan tres días y aun no he regresado, vuelva a leer el
mensaje desde el comienzo”.
Recorrió ríos, montañas, bosque y planicies hasta dar con el dichoso
pueblo; en cuanto lo vio una ola de terror recorrió su cuerpo: un río viviente
de ratas que se agitaba por las calles chillaban y transitaban por las calles comían todo a su paso. En una esquina lejana
se observaba una mochila de la cual sobre salía una flauta hecha en hueso de
oso, con una estuche de crin de caballo imperial en un charco de sangre. Fue en
ese momento que el vendedor de flautas supo que había arruinado el cuento.
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