martes, 15 de julio de 2014

Día 165: Cuento.

Había una vez, bueno en realidad ha habido muchas veces, pero sólo nos interesa una. En villa cuya ubicación y nombre no son necesarios puesto que ninguno de ustedes la visitará jamás; había un vendedor de flautas. Los elementos musicales estaban tallados en delicados huesos de tigres, osos, lobos, leones y hienas; con adornos de oro y plata y delicado estuche de crin de caballo imperial.
Las flautas eran reconocidas por su bella apariencia e inigualable olor, sin embargo, los materiales de los cuales se habían hecho y la elaborada técnica de mano factura, las hacían imposible de tocar, destinadas para siempre a ser objetos decorativos sumamente costos.
En una ocasión, muy de mañana un joven flautista –o al menos eso decía ser –entró a la tienda en busca de mercancía nueva, ya que había un pueblo lejano acosado por un ejército de ratas. “Hamelín” o algo así había dicho el muchacho; siendo la única venta en meses el vendedor de flauta hizo halagos a una pieza extraordinariamente especial (o al menos eso le dijo al joven) que al ser tocada por un verdadero artista podría hacer que masas de seres vivientes los siguiera a su capricho y voluntad.
El muchacho entusiasmado y proyectándose a las grandes glorias y ganancias que tendría empeño cuanto tenía y endeudándose esta y otras tres vidas logro hacerse a la dichosa flauta y encaminarse al pueblo mencionado. Tras contar y recontar el dinero el vendedor fue atacado por una idea de culpa: aquel joven lo había dado todo por un sueño, mientras él lo había quitado todo por otro sueño.
“Lo menos que puedo hacer” pensaba para sí el vendedor “es decirle que la flauta tiene un defecto que no lo deja actuar en cosas de menos de 75 kilos, le regresaré parte de su dinero y le daré la opción de conservar la flauta si quiere” El hombre cerro la tienda y puso en inmaculada y chueca manuscrita “Regreso en tres días, si pasan tres días y aun no he regresado, vuelva a leer el mensaje desde el comienzo”.

Recorrió ríos, montañas, bosque y planicies hasta dar con el dichoso pueblo; en cuanto lo vio una ola de terror recorrió su cuerpo: un río viviente de ratas que se agitaba por las calles chillaban y  transitaban por las calles  comían todo a su paso. En una esquina lejana se observaba una mochila de la cual sobre salía una flauta hecha en hueso de oso, con una estuche de crin de caballo imperial en un charco de sangre. Fue en ese momento que el vendedor de flautas supo que había arruinado el cuento. 

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