Era un mármol más reluciente que el
más fino de los espejos, como una película de agua que corría tan lentamente
que era difícil ver como goteaba en el piso. Resaltados a contra luz, en una
ligera diagonal apenas perceptible estaba su nombre escrito en relieve con una
impecable letra cursiva dibujada en un solo trazo.
En un color dorado se marcaba su fecha
de nacimiento, un lunes si mal no recordaba y en un color azul verdoso –había explícitamente
que ese color marcara su último día en la tierra –la fecha de su muerte: un miércoles.
Pasó su dedo sobre el borde pulido: se
sentía como terciopelo frio y húmedo. La luz de un lejano farol extendía una
dobra larga y delgada que se difuminaba entre los árboles que tapaban la luz de
la luna naciente, una serenata de grillos flotaba a su alrededor mientras
observaba curiosa la reluciente lapida que parecía producir luz propia. Jamás
creyó que esa enfermedad de verdad pudiera matarla.
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