viernes, 28 de noviembre de 2014

Día 296: Lapida.


Era un mármol más reluciente que el más fino de los espejos, como una película de agua que corría tan lentamente que era difícil ver como goteaba en el piso. Resaltados a contra luz, en una ligera diagonal apenas perceptible estaba su nombre escrito en relieve con una impecable letra cursiva dibujada en un solo trazo.
En un color dorado se marcaba su fecha de nacimiento, un lunes si mal no recordaba y en un color azul verdoso –había explícitamente que ese color marcara su último día en la tierra –la fecha de su muerte: un miércoles.

Pasó su dedo sobre el borde pulido: se sentía como terciopelo frio y húmedo. La luz de un lejano farol extendía una dobra larga y delgada que se difuminaba entre los árboles que tapaban la luz de la luna naciente, una serenata de grillos flotaba a su alrededor mientras observaba curiosa la reluciente lapida que parecía producir luz propia. Jamás creyó que esa enfermedad de verdad pudiera matarla. 

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