Las ventanas siempre estaban cubiertas por una película metálica, ocultando
el otro lado, del cual provenían extraños sonidos como golpeteos o susurros.
Era inevitable sentir curiosidad por lo que habitaba en ese lugar, pero la
vista siempre ocluida por aquel manto, impuesto allí desde el inicio de los
tiempos. Cada ventana era custodiada por un par de individuos que evitaban la caída,
levantamiento o ruptura del hábito que cubría el orificio, este intento de
mantenerlas cubierta a cualquier costo era lo más intrigante ¿Qué había allí?
Durante años alimentó la curiosidad imaginando posibles escenarios del otro
lado, hasta que un día, por fortuna pudo dar con una ventana si protección,
oculta en medio de un lugar húmedo, cubierto por cajas y basura, la ansiedad se
hizo palpable, al fin iba a develar el secreto. Sin embargo, años de prohibiciones pesaban sobre su conciencia,
así que en lugar de quitar el manto metálico, sólo levantó una punta y asomó su
ojo por una esquina. Todo estaba muy iluminado, le tomaría algunos minutos
adaptarse a la luz antes de distinguir algo.
Sofía lavaba sus dientes antes de irse a acostar,
estaba muy cansada y tenía los ojos irritados, así que al terminar aprovecho el
agua fría y se humedeció un poco los ojos, en cuanto lo hizo se maldijo, ojala
eso no le espantara el sueño. Al levantar la cara sus ojos se encontraron de
frente con un ojo rojo que se asomaba por el borde, desde el otro lado del
espejo
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