Floretino Zapata era un hombre acomplejado, más no complejo. Desde niño su
nombre –heredado de su abuelo, un gran militar de las guerrillas –fue motivo de
burlas por parte de sus compañeros de
clase y primos en reunión familiares. Siempre tuvo la esperanza de crecer como
un hombre varonil: con el grueso de un tronco, una barba espesa y una voz
potente; sin embrago pasada la pubertad resulto un joven larguirucho con voz de
flauta y la piel llena de cicatrices por un agresivo acné. Su cabello ondulado
caía sobre su cabeza dándole facciones más delgadas y respingadas para su
horror había desarrollado una pequeña cadera que resaltaba fácilmente en su esbelto
cuerpo.
Con el paso de los años se había convertido en un hombre frustrado, cuyos
paradigmas habían sido empujados a los extremos, se sentía atacado por los
juicios de todos y constantemente juzgado tanto por su apariencia como por su
modo de pensar. La vida empezó a parecer un largo túnel que se obscurecía y
estrechaba conforme Florentino avanzaba y el camino se hacía día a día mas
insoportable.
Tal vez fuera por esto que cuando lo encontraron colgado del candelabro de
su casa, totalmente desnudo –probablemente para que nadie dudara de su
masculinidad biológica –nadie se sorprendiera más allá de la fecha elegida: el
aniversario de la muerte de su abuelo. No tardaron mucho en llevárselo: su
cuerpo rígido se desprendió como una sola pieza extra del edificio, sin ruidos
ni olores; como si nadie jamás lo hubiese habitado.
-¿Por qué crees que lo haya hecho? –Preguntó uno de los encargados de la
morgue mientras lo subían al camión.
-Quien sabe –Le respondió una muchacha menuda con un tatuaje de una catrina
en el cuello –Tal vez no fuera lo suficientemente hombre como para vivir.
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