Y debo mantenerme así: dolorosamente optimista, con una sonrisa que ha cicatrizado
en esa posición, con los ojos opacos
pero la mirada reluciente. No importa la antología de cicatrices o la
inauguración de nuevas heridas, debo mantenme en el empinado camino del
optimismo, ya que de dejarlo podría morir en la caída.
Debo creer que mi vida sólo puedo mejorar, aunque todo se esté yendo al
diablo; ya que si tuviera la certeza que todo empeorara no podría continuar, no
habría motivo para abrir los ojos y quedarme. Por más inútil que parezca y por más
doloroso que sea, debo confiar en que de alguna manera, en algún del tiempo y
del planeta hay algo forjándose para mí. Me niego a creer que mi entera existencia
este destinada –a pesar de mis esfuerzos y trabajo –a ser una colección de
errores y moralejas de “como no hacer las cosas”.
Es mi obligación juntar las piezas, tomar aire y empezar de nuevo, ver cada
día como otra oportunidad de mejorar, soñar con alcanzar la cima de la gran montaña
que he estado escalando. Que nada será eterno y que todo por lo que he pasado
resultara en la suma de aprendizajes, lecciones y moralejas que permitirán a mi
espíritu cansado momentos de serenidad y dicha.
Sólo me queda soñar la calma tras la tormenta.
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