Avanzaban con paso lento,
arrastrando los pies mientras los zapatos dejaban un delgado rastro sobre el
concreto lleno de ceniza. Era una masa casi uniforme, con una sola idea en
mente: llegar al ayuntamiento; de esa manera toda el hambre, el frio y las
bajas serían justificadas. Al fin era hora de tomar la ciudad por completo.
En el ayuntamiento, un pequeño grupo
se atrincheraba tras las puertas reforzadas con tablas y muebles. Su cuartel era
el segundo piso: unas cuantas colchonetas, dos llaves de las que goteaban y una
caja llena de latas de atún eran todo lo que tenían. Uno de los hombres que se asomaba
impotente por el balcón pudo ver a la gran multitud: eran al menos dos cuadras
de personas que se apretujaban unas contra otras en un paso mas o menos
uniforme que avanzaban sin pausa hacia el pequeño edificio.
El hombre hizo un gesto y los otros
supervivientes se acercaron a ver el gran conglomerado de Zombies que se dirigía
hacia ellos.
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