jueves, 11 de diciembre de 2014

Día 307: Jarrón.


El sol chispeaba sobre la arena haciéndola brincar como si se tratara de palomitas de maíz, el viento reseco la movía lentamente, dándole paso al caminar pausado de las dunas que cubrían y desenterraban civilizaciones de manera casi desapercibida.
Al interior del lujoso palacio, esclavos delgados como hilos rucios llevaban sobre sus espaldas frágiles bandejas llenas de frutos jugosos y voluminosos que parecían estar a punto de estallar. Diversas  fragancias llenaban el ambiente y hacían del aire un elemento oleoso que se adhería a la piel y sudor de todos los presentes. Al fondo del gran salón principal una fuente aparentemente inagotable derramaba miel sobre un gran tazón siempre a punto de rebosarse.
La fiesta previa a la cosecha estaba a punto de empezar, la servidumbre corría por los estrechos pasillo auxiliares para no toparse con los generales o el mismísimo faraón en persona. Los niños jugaban en una gran estancia auxiliar, donde debían esperar para dar las gracias justo antes del festejo. No eran muchos, sólo tres: los dos hijos del faraón, el hijo de un general y la hija del comerciante más adinerado.
Llevaban ya un rato jugando cuando una pequeña lucha de poderes empezó de manera discreta hasta convertirse en un sucesivo desafío al  valor: el primogénito del Faraón y el hijo del General mostraban su valor en pequeñas peleas, retos de velocidad y fuerza mientras los otros niños los veían, algo cansados. La inminencia de la fiesta acompañada de sucesivos empates los llevo a decir una ronda final: camino al gran salón principal, junto al templo; había un viejo jarrón color hierro, aparentemente de barro y boñiga.
Las historias contaban que en los tiempos previos al primer faraón, el pueblo pasaba hambre y sed mientras vagaban por el desierto, así que le rogaron a los dioses por un poco de clemencia y durante tres días nadie respondió a las desesperadas suplicas del pueblo. Hasta que en la tercera noche, una diosa hecha con retazos de animales se presentó ante el anciano del pueblo y le dio de beber un trago de su sangre, esto le permitiría continuar su viaje y encontrar un lugar donde establecerse.
Tal y como la diosa prometió, el elixir llenó de vida al hombre, regresándole juventud instantánea, una fuerza sobre humana y la capacidad de guiar a sus iguales, aun contra la voluntad de estos. Ese hombre fue el primer faraón que alguna vez hubo. A cambio de este favor, la diosa le exigió su primogénito: al momento del nacimiento debía ponerle en el jarrón en el que ella había puesto su sangre.
El faraón se vio tentado a romper la vasija, pero la diosa le advirtió, que de romper el jarrón su trato se daría por terminado y todo su pueblo se vería condenado al hambre y la sed eterna. El faraón cerró el trato con la promesa de entregar a su primer hijo.
Los años pasaron y el pueblo se hizo prospero, sin embargo cuando el primer hijo del faraón llego al mundo, este, aterrorizado por la promesa que había hecho, mando a sellar el jarrón con la orden explicita de no romperlo. Sin penderlo de vista el hombre pasó los últimos años de su vida observando aquel objeto que podía arrancarle tanto su pueblo como su descendencia. Pero había sido hace más de treinta faraones atrás. El jarrón nunca se fue del lado de la familia real, conservándolo más como una reliquia dada por los dioses que como un artefacto maligno.
Camino al templo, Tzu recordaba la historia, se la había contado su padre cuando cumplió diez años. El hijo del general lo había retado a observar el interior del jarrón y decir si aún había sangre de la diosa al interior, si lo hacía lo darían como ganador absoluto. Un nido de serpientes se agitaba en su interior, temía que al inclinarse para ver adentro se rompiera y su padre lo castigara severamente.
Su hermano y la hija del comerciante se quedaron mirando la puerta, para asegurarse que nadie los interrumpiera, el hijo del general ayudó a Tzu a acercarse al borde del jarrón y este observo curioso las entrañas del objeto: había un pequeño manchón cobrizo aun húmedo en una de las paredes.
-¡¿Qué hacen aquí?! –una voz femenina irrumpió en el lugar, tomándolos por sorpresa -¿Sabes lo que te haría tu padre si te viera haciendo esto?
Tzu giro avergonzado para ver la mirada de su madre que observaba severa desde el fondo de la habitación, donde otra puerta estaba oculta por las sombras.
-Ahora vayan a la celebración, está a punto de empezar –La mujer esbelta y elegante señaló la puerta que custodiaban los dos niños –Tu no Tzu, ven, tengo algo que hablar contigo.
-Tu ganas –Dijo el hijo del general susurrándole al oído –Espero no me temas en problemas.
Tzu lo vio salir corriendo de la habitación y escuchó como les decía a los otros chicos su gran hazaña. Giro de nuevo la mirada hacía su madre, quien ahora le extendía la mano con una mirada llena de dulzura, tal vez había escuchado al hijo del general o había visto su miedo.
Tzu se acercó y la tomó de la mano, ambos salieron caminado por la puerta trasera hasta un pasillo oscuro y húmedo, una punzada de miedo le atravesó el pecho. Cuando giró su cabeza para ver qué tan lejos estaban de la puerta del templo, notó que del vestido de su madre emergía una larga cola de cocodrilo.

Rápidamente observó el rostro de la mujer, se dio cuenta que tenía cabeza de perro y  sus manos eran ahora las afiladas garras de un gato.  

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