El sol chispeaba sobre la arena haciéndola brincar
como si se tratara de palomitas de maíz, el viento reseco la movía lentamente,
dándole paso al caminar pausado de las dunas que cubrían y desenterraban
civilizaciones de manera casi desapercibida.
Al interior del lujoso palacio, esclavos delgados como
hilos rucios llevaban sobre sus espaldas frágiles bandejas llenas de frutos
jugosos y voluminosos que parecían estar a punto de estallar. Diversas fragancias llenaban el ambiente y hacían del
aire un elemento oleoso que se adhería a la piel y sudor de todos los
presentes. Al fondo del gran salón principal una fuente aparentemente
inagotable derramaba miel sobre un gran tazón siempre a punto de rebosarse.
La fiesta previa a la cosecha estaba a punto de
empezar, la servidumbre corría por los estrechos pasillo auxiliares para no
toparse con los generales o el mismísimo faraón en persona. Los niños jugaban
en una gran estancia auxiliar, donde debían esperar para dar las gracias justo
antes del festejo. No eran muchos, sólo tres: los dos hijos del faraón, el hijo
de un general y la hija del comerciante más adinerado.
Llevaban ya un rato jugando cuando una pequeña lucha
de poderes empezó de manera discreta hasta convertirse en un sucesivo desafío
al valor: el primogénito del Faraón y el
hijo del General mostraban su valor en pequeñas peleas, retos de velocidad y
fuerza mientras los otros niños los veían, algo cansados. La inminencia de la
fiesta acompañada de sucesivos empates los llevo a decir una ronda final:
camino al gran salón principal, junto al templo; había un viejo jarrón color
hierro, aparentemente de barro y boñiga.
Las historias contaban que en los tiempos previos al
primer faraón, el pueblo pasaba hambre y sed mientras vagaban por el desierto,
así que le rogaron a los dioses por un poco de clemencia y durante tres días
nadie respondió a las desesperadas suplicas del pueblo. Hasta que en la tercera
noche, una diosa hecha con retazos de animales se presentó ante el anciano del
pueblo y le dio de beber un trago de su sangre, esto le permitiría continuar su
viaje y encontrar un lugar donde establecerse.
Tal y como la diosa prometió, el elixir llenó de vida
al hombre, regresándole juventud instantánea, una fuerza sobre humana y la
capacidad de guiar a sus iguales, aun contra la voluntad de estos. Ese hombre
fue el primer faraón que alguna vez hubo. A cambio de este favor, la diosa le
exigió su primogénito: al momento del nacimiento debía ponerle en el jarrón en
el que ella había puesto su sangre.
El faraón se vio tentado a romper la vasija, pero la
diosa le advirtió, que de romper el jarrón su trato se daría por terminado y
todo su pueblo se vería condenado al hambre y la sed eterna. El faraón cerró el
trato con la promesa de entregar a su primer hijo.
Los años pasaron y el pueblo se hizo prospero, sin
embargo cuando el primer hijo del faraón llego al mundo, este, aterrorizado por
la promesa que había hecho, mando a sellar el jarrón con la orden explicita de
no romperlo. Sin penderlo de vista el hombre pasó los últimos años de su vida
observando aquel objeto que podía arrancarle tanto su pueblo como su
descendencia. Pero había sido hace más de treinta faraones atrás. El jarrón
nunca se fue del lado de la familia real, conservándolo más como una reliquia
dada por los dioses que como un artefacto maligno.
Camino al templo, Tzu recordaba la historia, se la
había contado su padre cuando cumplió diez años. El hijo del general lo había
retado a observar el interior del jarrón y decir si aún había sangre de la
diosa al interior, si lo hacía lo darían como ganador absoluto. Un nido de
serpientes se agitaba en su interior, temía que al inclinarse para ver adentro
se rompiera y su padre lo castigara severamente.
Su hermano y la hija del comerciante se quedaron
mirando la puerta, para asegurarse que nadie los interrumpiera, el hijo del
general ayudó a Tzu a acercarse al borde del jarrón y este observo curioso las
entrañas del objeto: había un pequeño manchón cobrizo aun húmedo en una de las
paredes.
-¡¿Qué hacen aquí?! –una voz femenina irrumpió en el
lugar, tomándolos por sorpresa -¿Sabes lo que te haría tu padre si te viera
haciendo esto?
Tzu giro avergonzado para ver la mirada de su madre
que observaba severa desde el fondo de la habitación, donde otra puerta estaba
oculta por las sombras.
-Ahora vayan a la celebración, está a punto de empezar
–La mujer esbelta y elegante señaló la puerta que custodiaban los dos niños –Tu
no Tzu, ven, tengo algo que hablar contigo.
-Tu ganas –Dijo el hijo del general susurrándole al
oído –Espero no me temas en problemas.
Tzu lo vio salir corriendo de la habitación y escuchó
como les decía a los otros chicos su gran hazaña. Giro de nuevo la mirada hacía
su madre, quien ahora le extendía la mano con una mirada llena de dulzura, tal
vez había escuchado al hijo del general o había visto su miedo.
Tzu se acercó y la tomó de la mano, ambos salieron
caminado por la puerta trasera hasta un pasillo oscuro y húmedo, una punzada de
miedo le atravesó el pecho. Cuando giró su cabeza para ver qué tan lejos
estaban de la puerta del templo, notó que del vestido de su madre emergía una
larga cola de cocodrilo.
Rápidamente observó el rostro de la mujer, se dio
cuenta que tenía cabeza de perro y sus
manos eran ahora las afiladas garras de un gato.
No hay comentarios:
Publicar un comentario