Un olor agrío llenaba la habitación atrayendo un enjambre de moscas que
zumbaban haciendo vibrar el aire como si las atravesara una corriente eléctrica.
La carne se podría lentamente, algún fuego invisible la quemaba de manera casi
imperceptible, el guardián del zoológico observaba curioso como el guepardo lo
miraba desde el punto más alto de su habitad sintético; con los ojos
entrecerrados y la cola meciéndose a un ritmo regular, el hombre estaba casi
seguro que el animal conspiraba en su contra.
-¿Qué estás haciendo? –Alguien le golpeó la cabeza desde atrás –Si tanto
quieres verlo compra una entrada. Estas aquí para trabajar.
Era su jefe, quien llevaba un gran costal sobre sus hombres mientras giraba
en el esquina, camino al habitad de los hipopótamos.
-Saca esa carne de una vez, está apestando todo el lugar –Su voz se perdía
en los laberinticos corredores del edificio –El gato encerrado no te hará daño.
Era cierto, el guepardo estaba en la parte más alta de su jaula, en un
pequeño compartimento sellado mientras esperaba que el humano limpiara todo. Andrés
entro con precaución en la habitación: había una caverna hecha de acero y
concreto, una fuente, pasto sintético, y
algunas enredaderas subiendo por troncos naturales que atravesaban los barrotes
que hacían de techos. Andrés reunió la carne en una pequeña carretilla que
llevaba consigo, bajo la atenta y suspicaz mirada del felino.
Un escalofrió le recorrió la espalda, un instinto visceral le decía que
saliera de la estrecha jaula, pues allí no era más que una presa confiada. El
gran gato pareció ronronear, cambiado de pose al interior del pequeño lugar, lo
que más le inquietaba a Andrés era la disposición de las sobras, parecían un
rastro de migas, alejándose cada vez más y más de la puerta de la jaula. La portezuela
estaba abierta, en caso de alguna sorpresa Andrés quería marcharse de allí tan rápido
como fuera posible.
Un ruido metálico, una bisagras que chirrean se hizo presente de manera repentina
en la habitación, Andrés se giró rápidamente para ver al guepardo saltar desde
la cima de su jaula hasta la mitad del recinto para salir corriendo por el portón
abierto. El hombre se apresuró a cerrar la puerta de la jaula en cuanto escucho
los gritos de terror de algunos desafortunados que se encontraron en el pasillo
con el animal. Mientras gritaba por ayuda recorrió el habitad para determinar
por donde había escapado el gato de su encierro: sobre el pequeño contenedor
había una apertura que parecía hecha con un constante afilar de garras y
colmillos; todo cubierto por el ultimo trozo de carne podrida.
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