Por estas fechas muchos tienen la idea que la vida les va a cambiar de la
noche a la mañana. Personalmente veo esta noche como la noche de la cosecha, veo
el año como una gran planta que entrega sus frutos de manera periódica y casi
contante, pero es el día de hoy en las que eligen que frutos pueden dar lugar a
mas plantas y enriquecer la vida; y cuáles deben ser desechados ya que no sólo
no darán frutos, sino que se pudren y dañan todo a su alrededor.
Es inevitable detenerse a hacer balances, sacar cuentas, recordar a los que
se fueron, celebrar a los que están y esperar con ansias a los que vienen. Hay
días que justifican haber vivido todo el año, y hay meses que sólo pueden
esperar el olvido; dolores desgarradores, derrotas amargas, lagrimas acidas y
sonrisas brillantes. Hombros que consuelan, palabras que alientan, abrazos que
llenan, aventuras magnificas que están develarse en cuestión de segundos y catástrofes
anunciadas desde antes de nacer.
Sería ridículo creer que lo que me depara este nuevo años no es más que el
acumulado de mis esfuerzos en años anteriores. Mi suerte no debería cambiar de
la noche a la mañana –aunque claro está, la mano del destino es muy inquieta,
aunque a veces está ocupada moviendo otras fichas –reafirmar mis metas,
eliminar los imposibles y replantearse otras cuantas están en la agenda de hoy.
En fin, para el próximo –y es algo me repito cada año –quiero la energía,
la salud y la fortaleza para realizar mis metas. Las amistades para disfrutar
del viaje, la familia para llenar mi corazón y; porque no, un buen libro y una
taza de café tibio.
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