Las luces de la ciudad se apagan lentamente como ancianos agónicos que
suspiran por última vez, algunas patrullas dejaban escuchar su lastimera
sirena, similar a un gato herido bajo la lluvia. Tony esperaba sentado en viejo
auto negro, un olor a cigarrillo quemado se escapaba de las costuras de los
asientos, los vidrios estaban sucios, con una delgada capa de fango seco
recubriéndolos. En el fondo, junto al acelerador reposaba una botella llena de
orina turbia. Tony llevaba cerca de cinco horas observando la actividad del
bar, aparte de una pelea de ebrios y un gato revolviendo la basura, no había
nada para reportar.
Sabía que Mario estaba al interior, sus fuentes lo habían visto entrar
alrededor de las diez de la noche y no se había reportado su salida. Tony se
movió lentamente al interior de vehículo, su paciencia, producto de años de
espionaje e interrogatorios terribles; era muy parecida a una gran lámina de
metal que refleja todo. Encendió otro cigarrillo y observó atentamente.
Su jefe, Víctor, estaba muy cerca de hacerse con el territorio de Mario,
la semana pasada había matado al hermano menor de Mario colocando una bomba en
su auto. Ahora que sólo el patriarca continuaba en el poder, sería fácil
atacado; todo lo que debía hacer era seguirlo, sacarle del camino y ponerle una
bala entre los ojos.
La puerta del bar se abrió, dejando ver la menuda figura de Mario salir
entre las sombras, seguido de dos guardaespaldas que observaban paranoicos las
cercanías del bar. Su diminuta figura entro en un auto plateado que arranco en
silencio. Tony encendió su auto y los siguió a unos cuantos metros, parte de él
tenía la esperanza que lo vieran: amaba la cacería, la adrenalina creada por el
pánico de su presa. Cerca de la avenida del rio, el auto doblo a la derecha en
una zona industrial, Tony acaricio el arma en su bolsillo y los siguió, vio que
el auto se había estacionado para que uno de los guardaespaldas orinara en el
callejón, esto lo hizo sonreír, la idea de orinar en la botella ya no le
parecía tan ridícula. Tomo su celular he hizo una llamada final.
Entrada la mañana Víctor fue al lugar donde Tony indicó que dejaría el
cuerpo de Mario, Víctor ansiaba ver la cara amoratada, hinchada y desfigurada
de su enemigo como muestra de la gran época de bonanza que se aproximaba. Pero
en su lugar había un auto negro con los vidrios llenos de fango, estacionado
contra una pared.
Víctor se acercó la cara a la ventana del conductor y pudo ver la cara
aterrorizada Tony, congelada en un gesto mortuorio y la gran herida en el cuello:
lo habían degollado. Una fría capa de sudor le cubrió la frente de inmediato,
se dio cuenta que algo había salido terriblemente mal.
En una continua expansión de luz, calor y sonido que no dieron lugar a
pánico o preocupaciones, el viejo auto negro estalló en una bola de llamas y
metal retorcido que arrasó todo a seis metros de distancia y dejó un gran
cráter en el piso que poco a poco se llenaba con el constante fluir de la
sangre de sus víctimas. Del otro lado de la calle, Marco sintió el potente sacudón
de la tierra: “Ojo por ojo” pensó con melancolía.
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