El dios egipcio solar,
representado por un toro, asociado a la fertilidad y a los ritos funerarios.
Los campos verdes se extendían hasta casi tocar el cielo azul más allá del
horizonte, delgados ríos de agua fresca y cristalina corrían por entre los
cultivos, alimentándolos a su paso. Pequeños pajarillos descendían en picada y tomaban
pequeños frutos son agitar las hojas de los árboles, varias cigarras vibraban a
lo largo del aire tibio antes de ser devorados por pequeñas ranas que se
ocultaban entre el frondoso pasto.
El faraón admiraba la fertilidad del delta, ciertamente había sido premiado
por sus duros años de trabajo y el sufrimiento de su pueblo. Por el rabillo de
su ojo, pudo ver un toro flaco cuyo pelo empezaba a caerse, era obvio que
estaba lleno de alimañas tanto por dentro como por fuera, sus cuernos estaban
gastados y empezaban a desprenderse de su cráneo. El animal masticaba algunos
tallos tiernos mientras delgados hilos de saliva se desprendían de su hocico,
el faraón se molestó por el impacto que tenía la bestia en su glorioso paisaje,
así que hizo una seña y un guardia disparo una flecha en dirección al campo.
Un mugido agudo y prolongado se esparció por el campo mientras el toro caía
desplomado sobre un costado, el faraón dio orden de sacar el cadáver del animal
antes que dañara los cultivos, pero a medida que los hombres se acercaban al
animal un olor agrio y penetrante se hacía presente. Las plantas empezaron a marchitarse
en una ola que nacía del cuerpo en el piso, los pequeños ríos empezaron a
llenarse de agua enlodada con olor a sangre podrida, el flujo se hizo tan denso
que se detuvo en la mitad del campo formando una gran laguna de podredumbre.
Los pajarillos que se lanzaban a comer, ahora parecían llover desde algún punto
incierto del cielo, cayendo violentamente sobre el campo y las cabezas de las
personas que habían emergido ante el extraño suceso. Una nube de cigarras
apareció ennegreciendo el cielo y consumiendo el poco cultivo que aún no había
muerto. Un manto de ranas emergió de la tierra llenado las calles como un nuevo
suelo viscoso y palpitante, todo se llenó de una oscuridad tan densa que podía
palparse.
El lugar se hizo infértil durante siglos, sin importar las suplicas de los
hombres ya fuesen ricos o pobres, poderosos o débiles, faraones o esclavos. Y
en medio de una zona muerta que se extendía con pequeñas palpitaciones, estaba
el cadáver a medio descomponer de un toro desgarbado que brillaba como un
pequeño sol.
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