domingo, 21 de diciembre de 2014

Día 320: Apis.


El dios egipcio solar, representado por un toro, asociado a la fertilidad y a los ritos funerarios.
Los campos verdes se extendían hasta casi tocar el cielo azul más allá del horizonte, delgados ríos de agua fresca y cristalina corrían por entre los cultivos, alimentándolos a su paso. Pequeños pajarillos descendían en picada y tomaban pequeños frutos son agitar las hojas de los árboles, varias cigarras vibraban a lo largo del aire tibio antes de ser devorados por pequeñas ranas que se ocultaban entre el frondoso pasto.
El faraón admiraba la fertilidad del delta, ciertamente había sido premiado por sus duros años de trabajo y el sufrimiento de su pueblo. Por el rabillo de su ojo, pudo ver un toro flaco cuyo pelo empezaba a caerse, era obvio que estaba lleno de alimañas tanto por dentro como por fuera, sus cuernos estaban gastados y empezaban a desprenderse de su cráneo. El animal masticaba algunos tallos tiernos mientras delgados hilos de saliva se desprendían de su hocico, el faraón se molestó por el impacto que tenía la bestia en su glorioso paisaje, así que hizo una seña y un guardia disparo una flecha en dirección al campo.
Un mugido agudo y prolongado se esparció por el campo mientras el toro caía desplomado sobre un costado, el faraón dio orden de sacar el cadáver del animal antes que dañara los cultivos, pero a medida que los hombres se acercaban al animal un olor agrio y penetrante se hacía presente. Las plantas empezaron a marchitarse en una ola que nacía del cuerpo en el piso, los pequeños ríos empezaron a llenarse de agua enlodada con olor a sangre podrida, el flujo se hizo tan denso que se detuvo en la mitad del campo formando una gran laguna de podredumbre.
Los pajarillos que se lanzaban a comer, ahora parecían llover desde algún punto incierto del cielo, cayendo violentamente sobre el campo y las cabezas de las personas que habían emergido ante el extraño suceso. Una nube de cigarras apareció ennegreciendo el cielo y consumiendo el poco cultivo que aún no había muerto. Un manto de ranas emergió de la tierra llenado las calles como un nuevo suelo viscoso y palpitante, todo se llenó de una oscuridad tan densa que podía palparse.

El lugar se hizo infértil durante siglos, sin importar las suplicas de los hombres ya fuesen ricos o pobres, poderosos o débiles, faraones o esclavos. Y en medio de una zona muerta que se extendía con pequeñas palpitaciones, estaba el cadáver a medio descomponer de un toro desgarbado que brillaba como un pequeño sol. 

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