viernes, 12 de diciembre de 2014

Día 311: Oro.


De la vieja casucha, lo único que servía era el terreno bajo ella. Las paredes de madera a medio podrir, los muebles de latón oxidado, la tela sucia que hacía de cortina y los montículos de paja envueltos en costal que hacían de camas; absolutamente todo fue a parar al fuego.
El viudo veía con la mirada apagada como el fruto de su trabajo ardía en una llama lenta y viscosa que parecía relamerse antes de probar cada pieza. Los representantes del banco observaban indiferentes mientras las propiedades incautadas terminaban de consumirse. El anciano sujetaba con insistencia –de hecho fue lo único por lo que luchó – un pequeño cofre de madera húmeda que olía a barro  seco.

En vista de lo poco que se logró sacar del terreno, en un acto de aparente piedad, se le permitió al hombre conservar su recuerdo. Lo que nadie imaginaba era que al interior de la pequeña caja descansaba una pepita de oro. 

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