De la vieja casucha, lo único que servía era el terreno bajo ella. Las
paredes de madera a medio podrir, los muebles de latón oxidado, la tela sucia que
hacía de cortina y los montículos de paja envueltos en costal que hacían de
camas; absolutamente todo fue a parar al fuego.
El viudo veía con la mirada apagada como el fruto de su trabajo ardía en
una llama lenta y viscosa que parecía relamerse antes de probar cada pieza. Los
representantes del banco observaban indiferentes mientras las propiedades incautadas
terminaban de consumirse. El anciano sujetaba con insistencia –de hecho fue lo único
por lo que luchó – un pequeño cofre de madera húmeda que olía a barro seco.
En vista de lo poco que se logró sacar del terreno, en un acto de
aparente piedad, se le permitió al hombre conservar su recuerdo. Lo que nadie
imaginaba era que al interior de la pequeña caja descansaba una pepita de oro.
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